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martes, 5 de abril de 2016

Irreversible y Siete novias para siete hermanos



Tarde de cine: dos películas

Hacía tiempo que la había comprado pero no había encontrado el momento idóneo para verla, como tantas otras películas también compradas que me queda por ver, porque todo el cine que veo en mi casa o es comprado o es alquilado. Así que éste era el día para ver Irreversible, una película de la que había oído hablar bastante y que se me resistía, quizás, por lo que de ella presuponía.


Y no me equivocaba, la famosa película de Gaspar Noé es sin duda en todo excesiva además de frenética. No se priva de nada que pudiera relajar al espectador, así que incluye escenas de violencia extrema, como una violación anal filmada a plano fijo y a tiempo real y escenas de sexo explícito. Todo barnizado de una violencia, como digo, que sin duda se encuentra reforzada por un frenético ritmo narrativo. Ver Irreversible es como comerse un ramillete de retama a palo seco.

¿Que poder decir de ella entonces? Poca cosa más; que está muy bien resuelta, que es original, que los actores están estupendos y que todo tiene cierta coherencia, incluso el manifiesto virtuosismo técnico que tan molesto resulta la mayoría de las veces en el cine (porque suele ocultar algunas carencias).

¿Poca cosa más, entonces? ¿O eso es mucho? 


No sé si es mucho o poco; ni si es bueno o malo, lo que sí sé es que no es bueno el sabor de boca que me ha dejado. Demasiado frenética para mí, demasiado cruel, demasiado explícita y demasiado violenta. ¿Pero son esos demasiados suficientes para rechazar la película? Quizá no. Quizá incluso esos demasiados sean los que puedan servir para elogiar una película que es excesiva porque lo que pretendía era precisamente eso, ser excesiva.

¿Pero es que acaso las películas están hechas para dejar buen sabor de boca? En absoluto. No van por ahí los tiros. De hecho Haneke y Trier son dos maestros del cine contemporáneo y para mí ver sus películas es como masticar arena.

Además, si dejar mal sabor de boca fuera suficiente para hacer buen cine, cualquiera podría ser un genio.

¿Entonces?

La cuestión es que en Irreversible no hay mucho más de lo que muestra. Y eso sí que me parece una buena forma de aproximarnos a un juicio válido. O por decirlo de otra forma: lo que en Irreversible predomina es el virtuosismo y lo que la pelicula cuenta -narra- es lo que vemos. Sólamente. Así pues, una película que se asienta sobre una doble complacencia: la del autor, que se sabe original en la medida en que eso es lo que fundamentalmente desea, y la de los espectadores, que gustan en su mayoría de este tipo de cine, como demuestra un estudio de taquilla. Una complacencia que eximirá a los espectadores -y a su director- de tener que encontrar en la película algo más de lo que en ella se ve. 


Así, y a pesar de la violencia extrema, Irreversible es una película que gustará fundamentalmente a los que dicen ir al cine para entretenerse. ¿Pero acaso hay otra forma de ir al cine que no tenga por causa el deseo de entretenimiento? No, no hay otra forma, pero ustedes me entienden. Seguro que sí.

De todas formas, no estaba yo hoy dispuesto a quedarme con mal sabor de boca. Y eso a pesar de que, efectivamente, me había entretenido viéndola. Como también me habría podido entretener, todo se ha de decir, el haberme curado una herida en la rodilla.

Así que ni corto ni perezoso acudí a mi vidioteca con el fin de resarcirme. Eché una ojeada en el correspondiente sector de uno de mis géneros favoritos y extraje Siete novias para siete hermanos

Mi estado de ánimo cambió en pocos minutos. De la conmoción sospechosa a la emoción placentera. Sinceramente: es ver la cabaña de Pontipee con esos decorados pintados al óleo y ponerme cachondo, porque en efecto se trata casi de una cuestión sexual. Me ponen más cachondo los volantes blancos de los vestidos que porta Jane Powel que las bragas tanga de Monica Bellucci. Qué le vamos a hacer.

Sólo se puede hablar desde la emoción particular. Me resultan enormemente placenteros, cada vez que veo la película, todos los números musicales de esta película incluídos los más cursis, pero sobre todo me abduce ese en el que los hermanos Pontipee se encuentran trabajando en el bosque sumidos en un profundo estado melancólico. La coreografía resulta perfecta para transmitir, desde la danza, ese estado de ánimo que conoce todo aquel que no obtiene respuesta de la persona que ama.


Siete novias para siete hermanos me sirve. Esa es la mejor descripción que puedo hacer de lo que en mí consigue una película cuando es usada de forma terapéutica. Y yo uso el cine como me da la gana dependiendo de lo que en cada momento me pide el cuerpo. Ver cine no necesariamente exige una sola forma de hacerlo. Yo me acerco al cine de la misma forma que me acerco, por ejemplo, a la gastronomía. Puede que mañana vuelva a ver El caballo de Turin, una de las películas más tristes que he visto. ¿Y qué? Si la película contiene una verdad, una verdad que sólo puede ser subjetiva, me servirá. Yo quiero que las cosas me sirvan. Otra cosa es que todo pueda ser interesante y otra cosa es que todo lo que resulta interesante pueda servir para algo. Ustedes ya me entienden. 


viernes, 13 de noviembre de 2015

El caballo de Turín (Béla Tarr)

 

Un caballo viejo y famélico arrastra al paso un carruaje a través de un camino polvoriento y árido. Lo guía un hombre mayor que debe hacerlo luchando con unas adversas condiciones meteorológicas de frío y viento.

Estos son los únicos ingredientes del largo plano secuencia que da comienzo a The Turin Horse. Toda una declaración de intenciones que sitúa al espectador en su justo lugar, que no podrá ser otro que aquel que lo ha predispuesto a aceptar unas concretas formas narrativas. Así, y después de esa larga secuencia, no habrá espectador desprevenido, ni habrá espectador situado en el lugar equivocado.

Viento y frío como síntomas de un fin inevitable, necesario. O como signos probables de un fin sin finalidad. Pero, ¿es en realidad posible un fin sin finalidad? ¿O precisamente se trata de la única posibilidad con sentido? ¿Tiene acaso sentido "nuestra" existencia? ¿Qué relación de sentido vincula la existencia con una finalidad? ¿Qué puede tener que ver con todo esto la predestinación, sobre todo si admitimos, ya que la Ciencia lo dice, que nada es eterno?

Pocas películas conducen al espectador con tanta claridad por vericuetos mayéuticos tan productivos y sobre todo emocionantes. Y si para ello deben incumplirse las normas básicas que dicta la "buena" escritura cinematográfica, pues se incumplen. Todo son preguntas sin respuestas en esta película donde parece no pasar nada mientras va pasando de todo. Precisamente porque la táctica consiste, como en el mejor cine de los últimos tiempos, en depositar sobre la mente del espectador la responsabilidad última de la misma creación de la película.

Dos son los personajes que llevan el absoluto peso interpretativo de unas secuencias sin apenas trama y diálogo alguno. Dos personajes de los que nada sabemos (caracterizados sólo por sus gestos), ni falta que hace, porque como digo deberán ser construidos por el espectador en un ejercicio de creación voluntarioso y constante. En este caso un hombre manco y su hija conviviendo en una casa en medio de la ruidosa nada. 


No sabemos de qué viven, no sabemos lo que piensan, no sabemos lo que sienten, sólo sabemos lo que vemos que hacen. ¡No lo que hacen!, sino lo que vemos que hacen. Pero, ¿por qué? Ésa es la pregunta que uno se hace de forma implícita durante todo el visionado. ¿Quienes son? ¿Qué son? ¿Cuál es la finalidad de esos personajes? ¿Cuál su sentido dentro de lo que serían sus propias experiencias vitales? No lo sabemos porque nada sabemos de ellos más allá de lo que podamos deducir de sus gestos. Sólo nos es dado conocer a los espectadores la causa que ha impulsado a su director a realizar esta parsimoniosa película de trama indefinida y extremadamente triste.

Esa causa que nos es contada en off  al comienzo mismo de la película justo antes de la esa secuencia inicial mencionada: Cuentan que paseando Nietzsche un día por su ciudad se cruzó con un carruaje parado en medio de la calle debido a la determinante negación del caballo a avanzar. Vió entonces cómo su dueño y guía comenzaba a atizarle fuertemente con una fusta y no pudo soportarlo; se abalanzó sobre el caballo y lo abrazó entre sollozos incontenibles. Volvió a su casa y se mantuvo ensimismado el periodo de tiempo que precedió a su conocida enajenación.

También es ese famélico caballo que da comienzo a la película quien muestra los primeros signos de la debacle universal que a la humanidad le espera. Una debacle que "se ve venir". Es el caballo que se niega a seguir arrastrando el carro el segundo día de los cinco en que se divide la narración del film. Ese caballo famélico y cansado que viene cumpliendo con su misión día tras día desde hace hace tantos y tantos años. Tantos y tantos años en los que un hombre y su hija llevan repitiendo los mismos gestos. Gestos como hábitos. Hábitos automatizados que sólo expresan supervivencia.

El caballo de Turin es, en este sentido, un conjunto de variaciones que se corresponden con el hábito de sobrevivir. No existe la posibilidad de un hábito que pueda ser anecdótico y por tanto prescindible en una vida que se rige por lo esencial. Ni siquiera esa necesidad de sentarse ante la ventana para mirar a un exterior árido e inhóspito deja de ser un hábito necesario, esencial. Como lo es el rito de sentarse a comer sin cubiertos, aunque sean unas simples patatas hervidas. Todos los días, siempre lo mismo y sólo eso. Como lo es la necesidad de vestirse con todas aquellas capas de ropa que son necesarias para combatir el frío desolador y el viento apocalíptico. Como lo es la necesidad de alimentar el fuego con con una madera cada vez más escasa. Como lo es la necesidad de acopiar agua para la cocina y la higiene. Todos los días, siempre lo mismo y sólo eso. Todos los días siempre lo mismo y sólo eso.

Hábitos rutinarios que nos son mostrados con la distancia que adopta una mirada que huye de fáciles complicidades y que rechaza cualquier posibilidad empática. Parece claro que Tarr cree firmemente en el porvenir de lo terrible, como bien queda claro en las premonitorias palabras de ese extraño personaje cuya incontinencia verbal contrasta con la apatía nihilista de los dos protagonistas. Tampoco sabemos nada del significado de esa intromisión apabullante e histriónica, pero el discurso de ese tercer personaje no ofrece duda alguna: el mundo es incapaz de sostenerse por más tiempo. Si orden es disposición racional coforme a razón, el caos es indisposición absoluta conforme a la más pura irracionalidad. El camino más "vivo" hacia la nada. Y no se puede polemizar con la nada. En realidad nada se puede hacer con la nada. El caballo lo sabe y por eso a partir del segundo día decide no comer.

Cuando la mujer descubre que ya no tienen agua -porque el pozo se ha quedado seco de un día para otro- el hombre sabe que sólo les queda una opción de supervivencia: huir, "Trae la carretilla", le dice a su hija. Así que por primera vez en la película observamos gestos en los protagonistas que sabemos son nuevos para ellos. Empaquetan sus enseres, los calzan sobre la carretilla, atan por detrás al famélico caballo (que decidió ya que jamás tiraría de ninguna carreta o carretilla) y avanzan con dificultad arrastrando ambos esa carretilla/casa entre el polvo y la hojarasca producida por un persistente viento desolador.

Viento y frío -decíamos- como síntomas de un fin inevitable, necesario. O como signos probables de un fin sin finalidad. Pues bien: viento y frío como síntomas del fin del mundo. No habrá alivio en la invención verbal. No hay solución: de la misma forma en la que cargaron la carretilla ahora tienen que descargarla. En esa misma casa en la que no quedaba agua. Marchitos y exangües no pueden reaccionar frente a la fatalidad.

Si todas las películas tienen un fin ésta lo tiene en el doble sentido del término. Si todas tienen un final (Fin) y una finalidad (fin), la finalidad de The Turin horse es contarnos el mismo Fin. El Fin de verdad. "¿Qué es esta oscuridad?" le dice la mujer a su padre. Pero ya no hay nada que hacer, a los candiles no les basta el aceite para cumplir su función, también ellos han decidido no seguir iluminando nada. Para que la nada sea real, para que lo real se quede en NADA. Una película de una tristeza infinita, una película de una belleza sobrecogedora y conmovedora. El Fin, el final. Como decía Cioran "la muerte es demasiado exacta, todas las razones están de su lado". Una de las mejores películas de los últimos tiempos junto con Érase una vez en Anatolia (Nuri Bilge Ceylan). Pero mis lectores lo saben: no las recomiendo.